12 julio, 2025

La madrugada despertó antes que nosotros. Eran las 4 a.m. cuando Saúl Mejía y yo pisamos la Central de Autobuses de Zapopan, cargados de mochilas y un mismo mantra en los labios: “Vivo para ser feliz”. Acudimos al andén con la emoción tan alta como el termómetro de ese día, sabiendo que nos aguardaba un trayecto de casi 600 km al norte, rumbo a un rincón aún desconocido para muchos: Lo de Marcos, en la ribera de Bahía de Banderas, Nayarit.
El autobús arrancó puntual, y con cada kilómetro devorado por el asfalto nos acercábamos a la Sierra Madre Occidental. Entre risas y buena música, comentábamos los tacos de carretera que nos esperaban en Tepic—esas joyas escondidas donde el comal humea y el cilantro vuela al aire. “Así se construyen estos Andares”, repito en voz baja, mientras el amanecer tiñe el paisaje dorado.
Casi ocho horas después, entre túneles y puentes que desafían al abismo, llegamos a Compostela. Allí dimos vuelta al sur, bajando por carreteras secundarias que serpentean a través de valles verdes hasta desembocar en un mar de palmeras y olor a sal. El corazón latía acelerado: habíamos cruzado de Jalisco a Nayarit, y el paraíso aguardaba justo a la vuelta de la curva.
Al descender del vehículo y sentir la brisa marina, comprendimos por qué este pueblo costero se está convirtiendo en una alternativa auténtica ante la saturación de Sayulita y Guayabitos. Aquí no hay aglomeraciones ni vendedores en cada paso: solo arena suave, olas amables y el murmullo tranquilo de las gaviotas.
La playa principal de Lo de Marcos es amplia y virgen, salpicada de palapas rústicas donde locales sirven ceviche y cócteles de camarón. Desde ese primer instante, Saúl y yo nos miramos con complicidad: estábamos ante un lugar con historia propia, dispuesto a regalarnos momentos de calma y aventura.
Decidimos que, en vez de quedar varados en el atractivo más obvio, “camináramos” hasta una joya más oculta. Con mochilas ligeras y el sol ya caldeando la costa, iniciamos el trayecto de 500 m que une la playa principal con Playa Los Venados.
Saúl (mientras avanzamos): “La siguiente caleta tiene un azul tan intenso que parece un espejo.”
Cada paso trazaba huellas efímeras en la arena. Pasamos junto a pescadores reparando sus redes y familias que reían bajo sombrillas de palma. “Aquí todo el mundo conoce Sayulita… pero pocos vienen a Lo de Marcos”, comenté en voz baja. Y tenía razón: la soledad del sendero nos regaló una sensación de descubrimiento, como si cada grano de arena guardara un secreto.
Tras veinte minutos de suave ascenso y descenso entre dunas, alcanzamos la ansiada caleta. Rodeada de acantilados bajos y vegetación costera, el agua turquesa nos recibió con un abrazo refrescante. “Valió cada paso”, susurré mientras una ola nos lanzaba un beso de espuma.
– Espacio y tranquilidad: A diferencia de Sayulita, aquí los surfistas se cuentan con los dedos, y el oleaje permite nadar sin multitudes.
– Autenticidad local: La comunidad pesca y comercia al ritmo de la marea, sin ceder ante el turismo masivo.
– Naturaleza virgen: Desde manglares cercanos hasta senderos que llevan a miradores secretos, la costa de Lo de Marcos aún late al ritmo de sus propios ciclos.
En cada conversación con Saúl resonaba nuestro lema: “Vivo para ser feliz”. Y aquí, entre atardeceres rojizos y cocoteros, entendimos que la felicidad también puede encontrarse en la calma de un pueblo costero que se resiste a convertirse en destino de masas.
Al caer la tarde, regresamos caminando con la piel salada y el espíritu renovado. Nos despedimos de Lo de Marcos sabiendo que volveremos—quizá para explorar manglares, probar un nuevo restaurante de mariscos o, simplemente, para caminar otra vez por esa arena que parece guardar la promesa de nuevos Andares.
Porque cada viaje no es solo un lugar en el mapa, sino un viaje hacia adentro. Y en Lo de Marcos, Nayarit, encontramos un refugio que, tras ocho horas de carretera, nos recordó por qué vivimos para ser felices.
Hasta aquí la bitácora de mis #Andares recorriendo la costera de Nayarit, más conocida como la Riviera Nayarit: Lo de Marcos. Soy David Dorantes, solo vivo para ser feliz, acompáñame en mis siguientes Andares.
Conferencista, coach y consultor en comunicación.
Tiene Premio Nacional de Periodismo, Premio Trayectoria en Comunicación por el Senado de México, es Becario del Departamento de Estado en Estados Unidos.