Andares, Destinos

El Salto: donde el vértigo también es paz 

Enclavado en la sierra alta de Santiago, Nuevo León, El Salto en la Ciénega de González me recuerda que no todo lo grandioso grita… a veces, apenas susurra entre el murmullo del viento y el eco del agua cayendo.


 

Por David Dorantes

 

La primera vez que visité El Salto, en la Ciénega de González, sentí que el camino mismo me iba preparando para el silencio profundo que ahí se respira. Desde Monterrey, se recorren unos 55 kilómetros hacia el sur por la Carretera Nacional y luego se toma la desviación hacia la Carretera a Laguna de Sánchez, ascendiendo por una ruta que se va cerrando entre pinos, encinos y neblina si el clima se antoja místico. Todo ese trayecto, que parece sacado de una novela de montaña, es parte del ritual para llegar a este santuario natural.

 

 

 

 

Llegar a El Salto, es llegar al abrazo verde de la Sierra Madre Oriental. A más de 2,100 metros sobre el nivel del mar, el aire se siente diferente, como si llevara siglos sin contaminación ni apuro. Es común que quienes saben de rutas lleguen temprano para hacer senderismo, sobre todo por la ruta que parte desde la entrada al Parque La Ciénaga, y avanza entre rocas, raíces y sonidos del bosque. Hay zonas donde el camino es casi vertical, otras donde el tapiz de hojas secas hace crujir tus pasos, y al final… el regalo: un corte en la roca viva, por donde en época de lluvias una cascada emerge como un velo.

 

Ese salto de agua —el que da nombre al lugar— no siempre está. A veces, como muchos momentos importantes en la vida, hay que ir en el tiempo correcto para verlo. Pero incluso cuando la cascada no cae, el sitio no pierde su magia. Los riscos verticales, de casi 40 metros de altura, son punto de reunión para los amantes del rapel y la escalada. Yo, que no me llevo bien con las alturas, confieso que he tenido que vencer mis propios vértigos sólo de observar a quienes descienden como si la gravedad fuera un juego.

 

 

 

 

En una de esas visitas, me animé a tomar una clase básica de rapel. Lo hice como quien le lanza una piedra a sus propios miedos, no para dañarlos, sino para escucharlos rebotar en el silencio de las paredes del cañón. Con casco, arnés y guía experimentado, entendí que también se puede descender con dignidad… y con gritos, por supuesto. La adrenalina tiene su propia pedagogía.

 

Pero El Salto no es solo para los cuerpos en movimiento. También guarda testimonios del alma antigua de esta tierra. En ciertos muros —si sabes mirar— puedes descubrir pinturas rupestres, figuras humanas y animales hechas por quienes habitaron estas sierras hace siglos. Me detuve ante ellas como si fueran espejos del tiempo: pigmentos rojos y ocres que siguen hablando, aunque no sepamos del todo qué dicen.

La zona no cuenta con servicios turísticos convencionales. Aquí no hay cabañas con jacuzzi ni señal de celular constante. Lo que sí hay son zonas para acampar, sobre todo en los claros cerca del río. Las temperaturas pueden bajar hasta 5 °C por la noche en invierno, y mantenerse frescas durante el día incluso en verano, por lo que llevar ropa adecuada es crucial.

 

 

Para comer, es mejor llevar provisiones o bajar a alguno de los pequeños restaurantes familiares de la comunidad de Ciénega de González, donde puedes probar una deliciosa carne asada con nopales, frijoles de la olla o, si hay suerte, gorditas de harina con queso fresco y chile piquín.

 

Si eres amante de la fotografía, los juegos de luz entre los pinos, los reflejos del agua sobre las rocas húmedas, y las formas caprichosas del musgo y las raíces te dejarán sin memoria en la cámara. Y si eres amante de ti mismo, de reencontrarte, de escuchar tu voz sin ruido de ciudad, también encontrarás lo necesario.

 


En estos #Andares, El Salto me recordó que la naturaleza no necesita likes para ser perfecta, que el vértigo también puede ser una forma de despertar, y que hay lugares que uno no visita, sino que lo visitan a uno desde dentro.

Todos los días se construye el éxito… y el error también.

David Dorantes

Conferencista, coach y consultor en comunicación.

Tiene Premio Nacional de Periodismo, Premio Trayectoria en Comunicación por el Senado de México, es Becario del Departamento de Estado en Estados Unidos.

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