El viaje comenzó cuando dejamos atrás las luces
Hay lugares que sorprenden por aquello que alcanzamos a ver. La Laguna de Manialtepec, Oaxaca, me impactó exactamente por lo contrario: por no poder ver absolutamente nada.
Había viajado a Puerto Escondido sin saber que muy cerca existía un sitio donde, durante la noche, el agua podía encenderse con el movimiento.
La experiencia comenzó con unos 25 minutos de carretera en una camioneta de tours. Era de noche y viajaba acompañado por personas provenientes de otros lugares con quienes prácticamente no podía comunicarme. No hablaban español y el inglés tampoco resolvía demasiado.
Quizá esa ausencia de conversación hizo todavía más particular el trayecto.
A medida que avanzábamos, las luces quedaban atrás.
Una lancha hacia ninguna parte
Al llegar al embarcadero de Manialtepec, lo primero que me impresionó fue la penumbra.
Miré hacia el horizonte.
Nada.
No podía distinguir dónde terminaba el agua, dónde comenzaba la vegetación ni qué había frente a nosotros. Solamente sabía que teníamos que subir a una lancha y adentrarnos en aquella oscuridad.
Y lo hicimos.
El motor comenzó a alejarnos de tierra y por varios minutos navegamos prácticamente sin referencias visuales. Aquella sensación tenía algo de fascinante, pero también de inquietante.
Hasta que, aproximadamente a mitad de la laguna, nos detuvimos.
Habíamos llegado al punto donde nos mostrarían la bioluminiscencia.
Cuando la oscuridad produce luz
La Laguna de Manialtepec es uno de los sitios cercanos a Puerto Escondido conocidos por este fenómeno. La luz es generada por organismos microscópicos presentes en el agua que reaccionan cuando esta se agita: el paso de una embarcación, un remo, una mano o incluso el movimiento de una persona nadando pueden producir destellos.
Las noches con menor iluminación ambiental permiten apreciarlos mejor.
Pero entender científicamente lo que ocurre es muy diferente a verlo.
El agua comenzó a encenderse.
Entonces vino la propuesta que transformaría aquella excursión en una de esas experiencias que permanecen en la memoria:
podíamos meternos a nadar.
¿Te aventarías si no puedes ver qué hay debajo?
Algunos aceptamos.
Reconozco que tuve miedo.
Una cosa es observar desde la seguridad de una lancha y otra muy diferente lanzarte, de noche, a una laguna donde no alcanzas a ver qué existe debajo de tus pies.
Finalmente me aventé.
Y en el instante en que mi cuerpo entró al agua ocurrió algo extraordinario.
El agua se iluminó.
Alrededor de mis brazos aparecían destellos azulados. Cada brazada encendía nuevos puntos; al mover las piernas, dejaba atrás una estela luminosa.
Era difícil decidir hacia dónde mirar porque la escena sucedía alrededor de mi propio cuerpo.
Durante aquellos minutos pensé inevitablemente en Avatar.
No porque estuviera frente a una pantalla ni porque alguien hubiera creado un efecto especial. Precisamente todo lo contrario: estaba en medio de una laguna oaxaqueña comprobando que la naturaleza podía construir una escena todavía más sorprendente.
Manialtepec y esos lugares que hay que sentir
Regresé a la lancha con una sensación diferente.
Había empezado aquella noche enfrentándome a una oscuridad que provocaba incertidumbre y terminé comprendiendo que precisamente necesitábamos esa oscuridad para descubrir la luz.
Tal vez por eso recuerdo tanto Manialtepec.
Porque viajar también consiste en eso: atreverse por unos instantes a entrar donde no conocemos el camino y descubrir que, algunas veces, aquello que parecía oscuro puede terminar iluminandonos.
Cada camino deja una historia y cada paso una enseñanza. Hasta aquí mis Andares, soy David Dorantes recordándote que vivo para ser feliz.

