Mi sorpresa comenzó antes de conocer a los ajolotes.
Fue en el embarcadero de Cuemanco, en Xochimilco, desde donde Saúl y yo salimos en una trajinera rumbo a un santuario dedicado a estos animales. Desde ese punto de partida, el recorrido ya despertaba mi curiosidad.
Hay destinos de los que creemos tener una imagen completa antes de visitarlos. Con Xochimilco puede suceder eso: pensamos en canales y trajineras, en una de las estampas más reconocibles de la Ciudad de México. Sin embargo, aquella visita me permitió acercarme a otra dimensión del lugar: la vida que habita sus aguas y la importancia de conocerla.
Tres coloraciones que capturaron mi atención
En el santuario observamos ajolotes negros, blancos con apariencia rosada y dorados. Ese contraste fue lo que más me sorprendió. Tenerlos cerca convirtió una imagen conocida en un encuentro real, de esos que despiertan preguntas y nos invitan a mirar con mayor atención.
Las tres coloraciones que vimos formaron parte de nuestra experiencia; no representan una lista completa de todas las variantes que existen ni deben confundirse con tres especies diferentes. El ajolote de Xochimilco es conocido científicamente como Ambystoma mexicanum.
Más allá de sus colores, lo que me dejó pensando fue la posibilidad de encontrar una criatura tan singular en un territorio que forma parte de una gran ciudad. A veces buscamos muy lejos aquello que puede sorprendernos, mientras dejamos pendientes encuentros extraordinarios dentro de nuestro propio país.
Conocer al ajolote también invita a mirar sus canales
La fascinación por este animal tiene un contexto que merece acompañar cualquier visita. La contaminación del agua y la presencia de especies introducidas, como carpas y tilapias, han afectado a las poblaciones silvestres del ajolote en Xochimilco.
Por eso, observar ejemplares en un espacio de cuidado es apenas una parte de una historia más amplia. Su conservación también requiere recuperar el hábitat. La UNAM trabaja con chinamperos mediante proyectos de chinampas refugio que vinculan la protección del ajolote con el cuidado del ecosistema de Xochimilco.
Esa relación me parece fundamental: un animal no puede separarse del lugar que necesita para vivir.
Una experiencia para compartir y recordar
Compartir este recorrido con Saúl hizo que el recuerdo tuviera un valor especial. Salimos desde Cuemanco para conocer un santuario y terminamos con una nueva razón para apreciar Xochimilco.
Me quedé con los colores de los ajolotes en la memoria y con una pregunta: ¿cuántas maravillas cercanas hemos dejado de conocer porque creemos que ya sabemos lo suficiente de un lugar?
Viajar también sirve para reconocer esos vacíos. Para permitir que algo pequeño nos sorprenda y que esa sorpresa despierte interés, respeto y ganas de aprender. Aquella trajinera nos llevó a un encuentro que amplió mi manera de mirar Xochimilco.
Cada camino deja una historia y cada paso una enseñanza. Hasta aquí mis Andares, soy David Dorantes recordándote que vivo para ser feliz.

