Hay lugares que permanecen en la memoria por la tranquilidad que nos hicieron sentir
Así recuerdo las pirámides de Comalcalco, en Tabasco: un recinto donde la vegetación realzaba la Gran Acrópolis y donde caminar se convirtió en una experiencia de paz.
Yo vivía en Villahermosa cuando mi querida Mar Ines Muñoz pasó por mí para llevarme a conocer aquella ciudad maya. La salida terminó reuniendo varios descubrimientos: una arquitectura extraordinaria, una comida excepcional y mi primer tour fotográfico.
Una ciudad que construyó su grandeza con barro
En la región de la Chontalpa, Comalcalco conserva una expresión singular de la arquitectura maya: edificios construidos con ladrillos de barro cocido. El Instituto Nacional de Antropología e Historia documenta distintos sistemas constructivos en el sitio, desde tierra compactada revestida de estuco hasta mampostería de ladrillo. Su antiguo nombre, Joy’ Chan, se traduce como “Cielo enrollado”.
Conocer esas particularidades permite apreciar el ingenio de quienes levantaron la ciudad con los recursos de su entorno. Pero lo primero que me cautivó fue la sensación del lugar: tranquilidad, espacios que percibía ordenados y una vegetación que acompañaba la presencia imponente de la Gran Acrópolis.
Me sorprendió encontrar ese equilibrio. Podía contemplar las construcciones y, al mismo tiempo, disfrutar la calma de estar ahí.
Donde antes circulaban mercancías, yo aprendía a observar
Comalcalco estuvo integrado a una importante ruta de intercambio fluvial que conectaba territorios de la actual Guatemala con Chiapas, Tabasco y el Golfo de México. Su ubicación ayudó a vincularlo con una extensa red comercial del mundo maya.
Pensar en aquel movimiento contrastaba con la serenidad de mi visita. En esos espacios que alguna vez formaron parte de una ciudad activa, yo encontraba motivos para detenerme.
Era mi primer tour fotográfico. Recorrer el recinto con esa intención me invitaba a mirar con mayor atención: las formas de los edificios, su relación con la vegetación y los detalles que podían convertirse en una imagen.
Mar Ines me había llevado a conocer un sitio arqueológico; también me estaba acompañando en una nueva manera de descubrir un lugar.
La Chontalpa también se cuenta en la mesa
Después del recorrido, la experiencia continuó con una comida que todavía recuerdo.
Mar Ines me llevó a un lugar donde un chef de trayectoria internacional experimentaba con la cocina prehispánica de la región: sus ingredientes, sus utensilios y sus formas de preparación.
Lo viví como una exploración de sabores vinculados con la memoria de la Chontalpa. Entre lo que probamos, el tuétano dejó una impresión especial. Aquella preparación, presentada como una interpretación de formas antiguas de cocinar, me resultó suculenta y excepcional.
La mesa prolongó la curiosidad que había despertado el recorrido. Había mucho por conocer de Tabasco, incluso mientras yo vivía ahí.
El recuerdo de una mirada compartida
Cuando vuelvo a ese día, recuerdo la paz del recinto, la vegetación alrededor de la Gran Acrópolis y el sabor de aquella comida. También recuerdo el gesto de Mar Ines: pasar por mí y compartir conmigo un lugar que terminó siendo entrañable.
Comalcalco quedó unido a ese primer recorrido fotográfico y a la alegría de descubrir acompañado. A veces alguien nos invita a salir por unas horas y nos deja una historia para toda la vida.
Cada camino deja una historia y cada paso una enseñanza. Hasta aquí mis Andares, soy David Dorantes recordándote que vivo para ser feliz.
David Dorantes es conferencista, coach humanista y consultor en comunicación que inspira, provoca y aterriza ideas para transformar personas y marcas. Con 26 años de experiencia, ha recibido el Premio Nacional de Periodismo y el Premio Trayectoria en Comunicación del Senado de México. Becario del Departamento de Estado de Estados Unidos, cubrió desde Washington las elecciones de Barack Obama. Su convicción: todos los días se construye el éxito.

