Por David Dorantes
Hay entrevistas que comienzan cuando se enciende una cámara.
Y existen otras que empiezan mucho antes.
La última vez que estuve en la mansión de Mauricio Fernández Garza, antes de comenzar nuestra conversación frente a las cámaras vivimos uno de esos momentos que terminan teniendo mayor peso que muchas de las declaraciones que posteriormente quedan grabadas.
Mauricio acababa de superar otra batalla contra el cáncer.
Lo habían dado de alta y estaba contento. Se le notaba. Pero también estaba cansado.
En algún momento previo a comenzar la grabación tomó su teléfono celular y comenzó a buscar unas fotografías.
—Mira.
Lo que apareció frente a mí no eran fósiles, piezas de arte, fotografías históricas ni alguna de las innumerables curiosidades que Mauricio acostumbraba enseñar con entusiasmo.
Eran fotografías de su propio cuerpo.
Me mostró las consecuencias de una operación sumamente invasiva. Grandes cortes recorrían diferentes zonas de su pecho y de su espalda. Eran las cicatrices de la intervención realizada para intentar extirpar aquel cáncer extraño y agresivo contra el que luchó durante años.
No me enseñaba aquellas fotografías buscando provocar lástima.
Eso no correspondía con Mauricio.
Las miraba casi como observaba alguna pieza de su colección: tratando de entenderla, analizarla y ponerla dentro de una historia más grande.
Solo que esta vez la pieza era él mismo.

“Probablemente esta sea la última vez”
Mientras recorríamos aquellas imágenes comenzó a reflexionar sobre su vida.
Mauricio tenía una relación peculiar con la posibilidad de morir. Podía hablar del tema con una naturalidad que resultaba desconcertante.
Aquella tarde llegó incluso a comentarme que probablemente esa sería la última ocasión en que yo lo entrevistaría.
La frase permaneció conmigo.
Especialmente porque, cuando finalmente comenzamos a grabar, apareció nuevamente el Mauricio Fernández que todos conocían: provocador, divertido, irreverente, lleno de historias y proyectos.
La entrevista se convertiría en el episodio 62 y cierre de la tercera temporada de La Entrevista. Ahí habló de su enfermedad, pero también de algo que entonces lo divertía enormemente: su inesperada transformación digital. La publicación original de POSTA documentó aquella conversación el 22 de diciembre de 2021.
“Nunca me había metido a las redes sociales; ahora me dicen el ‘tío Mau’”, me dijo.
Era extraordinario escucharlo.
Un empresario, político, exalcalde, coleccionista y promotor cultural acostumbrado durante décadas a los medios tradicionales descubría de pronto que millones de jóvenes querían escucharlo hablar de fósiles, objetos históricos, recetas y recuerdos.
“Nunca me imaginé que hubiera tanta curiosidad por parte de los jóvenes para conocer piezas históricas y que esto me llevaría al éxito en TikTok”, reconoció.

Mauricio todavía estaba haciendo planes
Eso es quizá lo que más recuerdo hoy de aquella conversación.
Minutos antes había estado observando fotografías de una cirugía brutal y hablando conmigo sobre la posibilidad de que aquella fuera nuestra última entrevista.
Después encendimos las cámaras y comenzó nuevamente a contar historias.
Habló de la cerveza Casta, que había creado junto con su cuñado; del pleito que aquello provocó con una gran cervecera; de sus colecciones; de los jóvenes; de las redes sociales y de esa nueva vida digital que inesperadamente lo había convertido en el “Tío Mau”.
Era una contradicción profundamente humana.
El cuerpo le recordaba su fragilidad mientras su cabeza continuaba construyendo proyectos.
La entrevista que sí llegó… y aquella que nunca pudimos hacer
Mauricio se equivocó aquella tarde en una cosa.
No fue la última vez que lo entrevisté.
Hubo otro encuentro.
Y todavía quedó pendiente uno más.
En el último mes de su vida habíamos pactado nuevamente sentarnos frente a frente. Queríamos conversar otra vez. Esa entrevista nunca pudo realizarse.
Mauricio Fernández murió en septiembre de 2025, después de años enfrentando un mesotelioma pleural, un cáncer poco frecuente que afecta el tejido que recubre los pulmones.
Por eso, cuando regreso mentalmente a aquella mansión, no recuerdo primero las cámaras.
Recuerdo un celular.
Recuerdo a Mauricio pasando con el dedo las fotografías de las enormes heridas de su cuerpo.
Recuerdo su cansancio.
Y recuerdo, sobre todo, que detrás del personaje público que parecía capaz de enfrentar cualquier cosa había un hombre mirando directamente la posibilidad de su propia muerte.
Pero todavía haciendo planes.
Todavía contando historias.
Todavía construyendo.
Así como Mauricio Fernández tiene muchas historias por contar, aquí está mi propia historia con Mauricio Fernández en uno de varios encuentros que tuvimos, en los que confirmé mi dicho ‘todos los días se construye el éxito… y el error también’.