Hay ciudades que recordamos por sus calles, sus edificios o sus paisajes.
Otras permanecen en nosotros porque fueron el escenario de nuestros primeros descubrimientos. Metepec, Estado de México, ocupa ese lugar en mi vida: ahí estudié quinto año de primaria, aprendí a andar en motocicleta y nació mi amor por caminar y subir cerros.
Lo verdaderamente especial es que he tenido la oportunidad de vivir ahí dos veces, en dos momentos completamente distintos de mi historia.
El niño que comenzó a descubrir su camino
Mi primera vida en Metepec ocurrió durante la infancia. Cursaba el quinto año de la escuela primaria y, como sucede a esa edad, cada experiencia tenía la dimensión de una aventura.
Fue ahí donde comenzó mi gusto por el senderismo. Subir un cerro no significaba solamente llegar a la parte más alta. Era avanzar, explorar y descubrir qué había después del siguiente paso. Sin saberlo, aquellas caminatas me enseñaban algo que comprendería muchos años después: las metas importantes se alcanzan poco a poco.
En Metepec también aprendí a andar en motocicleta. Recuerdo la emoción de sostener el equilibrio, controlar la velocidad y sentir que podía desplazarme por mí mismo. Era una forma temprana de libertad, pero también una lección sobre responsabilidad: avanzar exige saber conducir el rumbo.
Una ciudad entre el barro y la montaña
El nombre Metepec proviene del náhuatl y significa “cerro de los magueyes”. Su paisaje y su identidad están ligados al Cerro de los Magueyes, pero también a una tradición artesanal que ha convertido al municipio en la cuna del Árbol de la Vida. Estas piezas de barro, trabajadas y pintadas minuciosamente, representan una de las expresiones culturales más reconocidas del Estado de México.
Metepec fue incorporado al programa Pueblos Mágicos en 2012. En sus calles conviven los talleres alfareros, los templos históricos, las costumbres antiguas y una zona urbana que ha crecido hasta convertirse en una de las más dinámicas del Valle de Toluca.
Esa convivencia entre tradición y modernidad también se parece a nuestra propia historia: cambiamos, crecemos y nos transformamos, pero conservamos algo de aquello que nos dio origen.
Muchos años después volví a vivir en Metepec
Ya no era el estudiante de primaria que comenzaba a descubrir el mundo. Regresé trabajando como consultor y coach, acompañando a otras personas y organizaciones en sus propios procesos de transformación.
La ciudad era la misma, pero yo había cambiado.
Volver me permitió mirar mi infancia desde la experiencia acumulada. Comprendí que aquel niño que caminaba por los cerros ya estaba construyendo parte del hombre que llegaría después: alguien interesado en los caminos, las historias y el crecimiento humano.
Metepec me recibió en dos etapas. En la primera aprendí a explorar; en la segunda, a reconocer todo lo que había avanzado.
Quizá por eso existen lugares que nunca abandonamos por completo. Permanecen dentro de nosotros como un punto de referencia al cual podemos regresar para recordar quiénes fuimos, comprender quiénes somos y decidir hacia dónde queremos continuar.

