POR DAVID DORANTES

De mi visita a la zona arqueológica de Palenque, Chiapas,

 hay una imagen que permanece especialmente viva: el rojo que alcancé a apreciar al entrar a la tumba de Pakal el Grande.

Tuve la impresionante oportunidad de conocer ese recinto funerario. Entre todo lo que representa, fueron las huellas de pintura roja las que capturaron mi atención. Ese color conservado me hizo pensar en el tiempo transcurrido y en las manos que alguna vez dieron forma y sentido a aquel espacio.

Hay experiencias de viaje que se quedan con nosotros por un detalle. En Palenque, mi recuerdo tiene color.

Bajo el Templo de las Inscripciones

La tumba de K’inich Janaab’ Pakal se encuentra dentro del Templo de las Inscripciones. El gobernante dirigió Palenque entre los años 615 y 683 de nuestra era, y su sepultura constituye uno de los grandes testimonios de la arquitectura funeraria maya.

El 15 de junio de 1952, un equipo encabezado por el arqueólogo Alberto Ruz L’Huillier accedió a la cripta después de retirar el material que obstruía el paso. El hallazgo permitió conocer un extraordinario conjunto funerario resguardado durante siglos.

Recordar esa historia le da otra dimensión a mi experiencia. Entrar allí significó acercarme a un espacio construido para preservar la memoria de un gobernante y expresar las creencias de su civilización.

La escala del tiempo resulta difícil de asimilar: nuestra visita ocupa apenas un instante frente a los siglos de historia contenidos en esa tumba.

El rojo y la memoria de una ciudad

Lo que yo recuerdo con mayor fuerza es la pintura roja que todavía podía apreciarse durante mi visita. Su presencia me llevó a imaginar cómo habría sido aquel conjunto cuando sus colores formaban parte de una composición más completa.

Las investigaciones del Instituto Nacional de Antropología e Historia ayudan a comprender esa dimensión. Los estudios de la lápida de Pakal señalan que pudo presentar una combinación de rojo y negro. Los especialistas plantean que esos tonos pudieron relacionarse con el amanecer y la vida, así como con la noche, la muerte y el inframundo. Es una interpretación de su posible simbolismo.

Aquello que me cautivó como viajero también abre preguntas para la investigación: cómo se veía originalmente, qué materiales se emplearon y qué significaban para quienes los eligieron.

La enseñanza que me dejó Palenque

Esa visita me recordó cuánto cambia nuestra relación con la historia cuando podemos observar sus vestigios de cerca. Las fechas adquieren otra profundidad cuando las vinculamos con un lugar y con algo tan concreto como una huella de color.

Palenque me hizo pensar en lo que dejamos a nuestro paso. En las obras, las decisiones y las historias que otras personas encontrarán cuando nosotros ya no estemos.

Mi recuerdo de la tumba de Pakal permanece unido a ese rojo. Un detalle que despertó mi curiosidad y me hizo valorar todavía más la responsabilidad de conservar nuestro patrimonio.

Cada camino deja una historia y cada paso una enseñanza. Hasta aquí mis Andares, soy David Dorantes recordándote que vivo para ser feliz.